miércoles, 1 de diciembre de 2010


LA DICTADURA DE LA CIENCIA

“¿Qué es la ciencia?” -se preguntaba Zaratustra, y los signos de interrogación se volvían infinitos en su mente-. “Ciencia es lo que quienes tienen el poder sobre el conocimiento dicen que es” -se respondió-.

Ciencia, según algunos científicos dictadores del conocimiento, es lo que puede ser sometido a prueba, contrastado por métodos ¡¡científicos!! ¿No es eso un contrasentido? ¿No es, acaso, incluir lo que se pretende definir en la definición? Pero, hay más: ¿Desde qué atalaya del saber se juzga que lo que se entiende por ciencia cumple con los requisitos para serlo? ¿Desde la propia ciencia? ¿Desde la razón?

En realidad la ciencia es una creencia más, sólo que con más poder político y mediático que otras.

Si, como decía Nietzsche, el hombre prefiere creer en la nada a no creer, la ciencia sería una determinada fe que toma formas distintas a lo largo de la historia, sin dejar por ello de ser fe.

¿Por qué, entonces, ese afán de algunos ‘científicos’ por lograr que todo conocimiento pase por el tamiz construido por ellos, al que denominan ‘ciencia’? Pues, por una cuestión de poder. Véanse, si no, las ventajas que hoy acarrea defender lo científico, hacer ciencia o ser un científico.

Aparentemente, quienes defienden la ciencia son movidos fundamentalmente por el altruismo. Nada más lejos de la realidad: un simple repaso a la historia de ese saber demuestra que el interés egoísta, el deseo de honores y fama, entre otros, han sido motivos que han impulsado tanto o más que el altruismo a muchos de quienes son considerados sus adalides.

También se dice que la ciencia es objetiva y, por ende, ajena a los vaivenes de nuestra subjetividad, sujeta a reglas y, por tanto, verdadera. Pues bien, existen tantas visiones de lo que sea ciencia como, por lo menos, épocas históricas ha habido; y en cada una de ellas esa visión se ha considerado la verdadera. Esto demuestra que la supuesta objetividad que se atribuye es el reflejo de la subjetividad propia de dichas etapas, es decir, de su ideología.

Sin embargo, hay un elemento de la ciencia que parece escapar a toda crítica: su método. Los llamados ‘divulgadores de la ciencia’ -alguno de los cuales, por cierto, vive muy bien gracias a ella- discriminan a través de un supuesto método científico lo que debe ser considerado como tal -y, por tanto, aceptado por la comunidad- y lo que no. Pero, como ocurre con la ciencia en su conjunto, el método también tiene su historia, por cierto tan cambiante como la de aquélla e igualmente sujeta a los avatares del tiempo, es decir, de la subjetividad y de la ideología.

Vistas así las cosas, no deja de sorprender la actitud inquisitorial de determinados defensores de la ‘ciencia oficial’ hacia otras visiones de la realidad y hacia otras prácticas, lo que los convierte en verdaderos dictadores del conocimiento. Ellos, conocedores del lenguaje, de los signos de la ciencia, han pasado a ser la nueva casta sacerdotal, porque con la interpretación de esos signos muestran a la masa ‘ignorante’ lo que debe creer y hacer, incluso con su salud, incluso con su cuerpo, incluso con su vida, tratando de impedir, además, que otras visiones del conocimiento puedan ser expresadas.

De la misma manera que frente a la dictadura política se ha opuesto la democracia, también frente a la dictadura de la ciencia debemos oponer la democracia, es decir, la libertad para optar por las formas de conocimiento con las que más nos identificamos, así como por las prácticas que consideramos más adecuadas. Para ello, claro está, debemos exigir información de las distintas alternativas sin censura previa, así como que quede en nuestras manos la decisión de por cual optar en la medida que ella nos ataña.

Nota: Este escrito lo envié a Diario de Noticias, pero no vio la luz.

1 comentario:

  1. En la muerte de la historia que nos tienen vendidos estado y capital, no podia menos que morir la base de la ciencia, la pregunta, la curiosidad, el querer ver mas allá de lo visto, la duda.

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