El catedrático de psiquiatría, Miguel Gutiérrez, escribió un artículo (Suicidio asistido y salud mental. El Correo, 27-3-2025), a propósito del caso de Noelia Castillo -la joven parapléjica que solicitó y, después de varios retrasos provocados por la intervención de su padre a través de Abogados cristianos, logró que se le aplicara la eutanasia- en el que defiende que el dolor, sea físico o mental, no es motivo para que se le ayude a morir a quien lo padece. Estas son sus palabras: “Si el dolor habla con voz absoluta, la obligación ética de una sociedad decente debería ser mantener abierta la opción de seguir viviendo”.
Aunque no se declare seguidor de ninguna religión, sus pseudoargumentos, es
decir, sus falacias coinciden con las empleadas por quienes desde el ámbito
religioso niegan que la eutanasia, la ayuda a morir, deba ser un derecho, tanto
en el caso de personas con enfermedades “mentales”, como en el de quienes
sufren dolor en grado sumo.
En ambos casos, el motivo que utiliza para negar el derecho a la ayuda para
morir es el mismo: la posibilidad de que el daño, tanto físico como “mental”,
pueda ser superado en un futuro (“…las víctimas de trauma extremo pueden
reconstruirse”). Esta falacia se sustenta en colocar al mismo nivel de
realidad lo que era la distinción aristotélico-tomista entre potencia y acto,
es decir, algo que es y algo que puede ser. En este caso se trataría de afirmar
que son igualmente reales el dolor sentido (que es) y la solución posible (que
puede ser) a ese dolor. Esto que, a primera vista, suena tan bien, tiene unas
consecuencias inaceptables desde el punto de vista ético, que parece ser el que
le interesa resaltar a Miguel Gutiérrez. En efecto, bajo la aparente buena
intención de albergar esperanza acerca de una posible solución futura de
una enfermedad, sea del tipo que sea, se ignora la actualidad (realidad)
del dolor, el sufrimiento que no sabe de futuribles, menos aún cuando quienes
defienden esos futuribles no son quienes padecen el sufrimiento.
Además, Miguel Gutiérrez comete el error muy extendido de extraer
conclusiones generales de casos particulares cuando sugiere que quien solicita
la ayuda para morir lo hacen por un trauma o por el fracaso del entorno como
serían las listas de espera interminables, falta de psicoterapia
especializada, escasez de apoyo psiquiátrico, soledad, pobreza y abandono
institucional pueden empujar a una persona hacia la idea de que la muerte es la
única salida. Nadie duda de que existen casos como los que él relata, pero
concluir que no cabe la posibilidad de que la decisión de solicitar la ayuda
para morir, no sea producto de esas situaciones, es una falsedad, como lo
demuestra el caso de Noelia y otros muchos más.
Como ya señalé en otro artículo (El suicidio libremente elegido. Naiz,
4-3-2026) no todos los suicidios están relacionados con enfermedades
“mentales”, ni con abandonos, ni con carencias, sino que, en ocasiones, se da
el libre deseo de morir fruto de la reflexión y de llegar a la conclusión de
que la vida carece de sentido. Ese fue, sin duda, el caso de Noelia: en
absoluto como resultado de una depresión pasajera, sino como valoración
personal acerca de su vivir elaborada durante años. Por eso, quienes debían
otorgarle el permiso para poder ejercer su derecho a la ayuda para morir (dos
profesionales de la medicina, más una comisión formada por personas de los
ámbitos sanitario y del derecho) lo hicieron después de estudiar su situación
médica y tener varias entrevistas con ella.
Cuestionar la decisión de aprobar la eutanasia de Noelia es cuestionar la
labor de todas esas profesionales y, lo que es peor desde el punto de vista
ético, supone dar prioridad a un futuro inexistente frente al dolor real
presente y sufrido durante años. Por eso, cuando M. Gutiérrez dice que “en
el suicidio asistido aplicado a personas con trastornos mentales tratables o
con estados depresivos potencialmente curables, la cautela no es crueldad”
está manipulando la realidad para conducirnos a la conclusión que, en su caso,
es un axioma. Efectivamente, nadie cuestiona que las solicitudes de suicidio
asistido debidas a problemas “mentales” tratables y curables deben ser valoradas
con cautela, pero lo que ocurre es que no todas las enfermedades son tratables
ni todas las solicitudes tienen que ver con enfermedades “mentales” tratables y
curables. Es él el que convierte en fruto de enfermedad “mental” tratable y
curable, lo que es sufrimiento y dolor incurables y permanentes.
En línea con lo dicho hasta ahora, he sido testigo directo la experiencia
de una persona con un cáncer terminal incurable a la que mantuvieron con vida
bajo el argumento del milagro o de la supuesta aparición de un medicamento
salvador días antes de que muriera con sedación terminal. Lo que en realidad se
esconde tras esa supuesta ética salvadora, en la mayoría de los casos, es la
negación de que la vida nos pertenece, de que somos las dueñas de nuestro
cuerpo, incluido, claro está, nuestro cerebro y su funcionamiento, eso que se
empeñan en llamar “la mente”.
Quien, llegado el momento de decidir si seguir viviendo o solicitar la
ayuda para morir, decide no seguir viviendo merece el mismo respeto que quien
decide conscientemente seguir viviendo. Ni más ni menos.






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