Hace poco que hemos sabido que Koldo García grababa muchas de sus conversaciones. Si hacemos caso a las declaraciones de unas y otras, es comúnmente admitido que este comportamiento es muy censurable desde el punto de vista de la moral social y, por ello, casi sin excepción, se habla con desprecio en la mayoría de los medios de comunicación (?) sobre lo que ha hecho Koldo y más aún si nos fijamos en lo que han manifestado sus compañeros de partido y los miembros de otros partidos; entonces, al desprecio se le añade también el desengaño y la alegría indisimulada por el mal ajeno, respectivamente.
Gracias a lo que se puede llamar “el caso Koldo”, además, se
está difundiendo un mensaje nauseabundo, desde mi punto de vista, en el mundo
de la política, que viene a decir que, a partir de ahora, no podremos confiar
ni en los más cercanos. Sin embargo, no es el primer aviso que aconseja y
empuja a la desconfianza el que nos llega a través de Koldo, ya que la policía
infiltrada en los movimientos sociales ha sido y es una cruda realidad que
siempre ha existido, como se ha confirmado recientemente en Madrid y Cataluña,
lo que, sin duda, no busca generar confianza, precisamente.
¿Qué es lo que se quiere conseguir con esto? Que las fuerzas
de la izquierda se desgasten más en el control interno que en la actividad
exterior. No deberíamos picar ese anzuelo, pero está claro que hay que cambiar
algo en el funcionamiento de las instituciones (partidos y sindicatos de
izquierda) para no facilitar esos comportamientos tan astutos como inmorales.
Todo lo relacionado con Koldo ha puesto de manifiesto la
corrupción de esta sociedad, pero no sólo porque demuestra que la desconfianza
y las traiciones se pueden encontrar en todas partes, no, sino porque demuestra
que la libertad que tanto se proclama es pura ficción. ¿Por qué? Cuando él ha
sido detenido han encontrado todo lo que él grabó y han publicado sus
conversaciones telefónicas. Eso significa que todo lo que hablamos por teléfono
no es privado y que la mayoría o todas las conversaciones quedan grabadas en
lugares que nosotras no controlamos. Pero, sobre esto, poco encontraremos en
los medios de comunicación (?), incluidas las tertulias que aparentan ser
escuelas de la verdad. Quizás no interese tanto descubrirla como enmascararla
tras las apariencias. Koldo es el velo de una verdad que no interesa desvelar.
Conviene recordar que Aleteia (αλήθεια) significa
en griego “verdad” como desvelamiento.
Recuerdo cómo en 1996 se publicó el contenido de un diario
de una joven miembro de ETA, aunque no tenía ningún interés desde el punto de
vista policial o judicial. Unas pocas denunciamos el asqueroso morbo que
empezaba a aparecer entonces, pero con escaso éxito, como se puede ver, porque
ahora el morbo se ha convertido en norma y está completamente extendido. El
morbo es lo que empuja a interesarse por el velo en vez de buscar lo que éste
oculta,
El filósofo Foucault escribió en su libro "Cuidar y
castigar" sobre la idea de una construcción penitenciaria (panóptico) propuesta
por el filósofo Bentham para ver y controlarlo todo. La intención de Foucault era
denunciar las estructuras de control (cárceles, manicomios, escuelas…) en una
sociedad aparentemente libre. Desgraciadamente no se han tomado en serio los
argumentos de Foucault, y lo que sufrimos en el presente es consecuencia de esa
ceguera intelectual. Así pues, las ideas increíbles, por fantasiosas, de pensadores
como Bentham y Orwell (y su “1984”) se han convertido en realidad: todas
nuestras conversaciones telefónicas o de internet quedan grabadas y guardadas
y, no nos engañemos, no son secretas hasta que un juez los pida como se nos
quiere hacer creer, sino que quedan en manos de quienes realmente manejan el
poder político. Y ese poder no es el que se reparte a través de unas elecciones,
sino el que detentan los que tienen el poder económico. Ni aquí, ni en ninguna
parte, hay independencia judicial ni separación de poderes. Solo hay un único
poder político-económico, que no es elegido y que utiliza el aparato del Estado
para defender sus intereses. Y ese poder se adapta a la realidad que hay en cada
momento. Así, cuando lo necesita, provoca guerras, como se puede ver hoy, y,
cuando lo necesita, promueve el estado de bienestar, como hasta hace muy poco
tiempo.
Todo lo que ha ocurrido en torno a Koldo tiene, sin embargo,
un aspecto positivo: La hipocresía está perdiendo su influencia, porque su
capacidad de engañar se está quedando prácticamente en nada. ¿Quién se fía ahora
de lo que se dice o se promete? Al final, la filosofía de la sospecha se está
extendiendo a la política y la transparencia que hay que exigir a las
instituciones se ha convertido en cada vez mayor opacidad en este sistema
capitalista. Olvidémonos, pues, de la palabra liberalismo cuando tenemos que
calificar a nuestra sociedad. El poder se basa en la mentira, en la
manipulación y en el control de las personas, no en la libertad, que solo la
posee una mínima parte de la sociedad. Olvidémonos de las reflexiones de Camus
sobre los fines y los medios: ya no merece la pena cavilar sobre los medios que
son aceptables para lograr un determinado fin, desde el punto de vista ético.
Eso queda para los débiles, los que no tienen dinero ni armas. Lo que hace
Israel, lo que hace Trump y lo que hacen todos los políticos corruptos no es
más que el fruto de este sistema económico-político que algunas vivimos y la
mayoría padece.
Podemos caer en la trampa de pensar que está en nuestras
manos hacer lo que queramos, es decir, que somos libres, pero ya no será porque
nos engañan ocultándonos la realidad y por carecer de herramientas para
conocerla. Ahora, gracias al caso Koldo y otros similares, el engaño es
palpable. Lo que busca el poder es hacernos creer que los consejos de
Maquiavelo se han convertido en la única vía de hacer política. Pero no es
cierto. La única política que merece ser tenida en cuenta es la que se
transmite con transparencia y, con transparencia, la izquierda es, también, la
única que tiene un mensaje para todas las personas.

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