Existe una cultura, en la mayoría
de las organizaciones sociales, consistente en reservar la información a las
élites dirigentes y en filtrarla, según los criterios de esa élite, al resto de
las personas que forman parte de las mismas.
Sorprende que sea así justamente
cuando más información manipulada y manipuladora nos inunda, al margen de
nuestra voluntad, a través de los distintos canales por los que se puede
transmitir.
Quizás se pueda entender que en
las organizaciones políticas y sindicales la información deba ser controlada
por razones tácticas y/o estratégicas, como puedan ser iniciativas de acción
que, de conocerse al margen de las propias organizaciones, podrían dar al
traste con los objetivos de dichas iniciativas. Pero, si no es ese el caso,
¿qué criterio se puede utilizar para decidir cuándo una determinada información
debe ser limitada y cuándo no? Podría aceptarse que toda información que tenga
incidencia directa en la vida de las personas debería ser conocida por ellas
sin excepción. A modo de ejemplo, y tengo conocimiento de que en muchas
ocasiones no es así, en las negociaciones de un convenio laboral, las personas
que se van a ver afectadas por lo que se decida en ella deberían tener toda la
información de dichas negociaciones, porque quienes negocian las están
REPRESENTANDO y NO SUSTITUYENDO.
Es fundamental comprender qué
significa representar en cualquier ámbito de la vida social y, en la misma
línea argumentativa, también es fundamental comprender qué significa delegar.
Las personas delegadas o representantes nunca deberían tomar decisiones que no
hayan sido consultadas con y valoradas por sus representadas, para lo que es
imprescindible que estas hayan recibido toda la información necesaria para poder
elaborar su propio criterio.
Como vivimos en una sociedad que,
cada vez más, se abstiene de involucrarse socialmente, es decir, políticamente
(porque todo lo social es político y viceversa) se está extendiendo la idea y,
lo que es peor, llevada a la práctica, de que las organizaciones deben ser
gestoras de los intereses de la ciudadanía sin que esta deba hacer otra cosa
que reclamar determinados servicios a cambio de una cuota o de nada. Ese
planteamiento, heredero e inculcado por la mal llamada transición a la
democracia, es lo que explicaría la crítica interminable en los bares y
cafeterías, en los estadios deportivos o en las reuniones entre amistades y la
cada vez menor implicación personal en la solución de los problemas sociales de
cualquier tipo. De ahí, quizás, la tentación de muchas personas que sí
participan en las distintas organizaciones de asumir esa apatía social y de
alimentarla bajo el argumento de que “la gente no tiene interés en ser
informada”. En realidad, es esa una actitud selectiva, paternalista y temerosa
de lo que el falso demócrata que fue Ortega y Gasset denominaba “las masas”
que, en realidad, no son otra cosa que el pueblo, la ciudadanía toda. Y digo temerosa
porque la información, y el conocimiento que posibilita, es poder, como nos
alertaron F. Bacon y T. Hobbes, y que sea distribuida equivale, en gran medida,
a distribuir el poder, es decir, a democratizarlo. Además, la información
transmitida puede ser aceptada o rechazada por quien la recibe, lo que le da
libertad de decisión al respecto, mientras que la información no transmitida
elimina cualquier posibilidad de decisión libre.
Es cierto, todo hay que decirlo,
que las organizaciones son menos manejables cuanta más información se comparte,
y, quizás por ese motivo, las personas que aspiran al poder político son
reacias a compartirla incluso entre sus miembros. Sin embargo, lo que nunca debería
ser justificable es que eso mismo suceda en aquellas otras organizaciones que
no tienen como objetivo alcanzar ese poder sino el logro y la defensa de
determinados derechos, como son, por ejemplo, las asociaciones creadas en favor
de los derechos al aborto, a la memoria histórica, a la eutanasia, de las
personas inmigrantes, etc. es decir, aquellas que están constituidas para fines
concretos al margen de las organizaciones políticas o sindicales, aunque puedan
guardar relación con ellas. En estas, la ausencia de información es no solo un
error, sino una inmoralidad.

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