viernes, 1 de mayo de 2026

¿Fe?

 


Sobre el mundo físico, es decir, sobre el universo, incluido el mundo humano (la sociedad), caben dos tipos de conocimiento, el demostrado (leyes físicas y teoremas matemáticos, por ejemplo) y el no demostrado, que, a su vez, puede ser demostrable (p.ej., hipótesis científicas) o no demostrable (p. ej., existencia de dios o del paraíso), aunque este último no es verdadero conocimiento porque solo es conocimiento de ideas que no expresan ninguna realidad, y el principal objetivo del conocimiento es la verdad de lo real. Del conocimiento demostrado se tiene evidencia y certeza, y del no demostrado se tiene opinión y/o creencia cuando es demostrable y certeza irracional (a lo que se llama “fe”) cuando no es demostrable. El conocimiento tanto demostrado como demostrable se refiere a realidades materiales o cuyo origen es la materia, aunque no necesariamente sean materiales. Así, por ejemplo, las ideas, los recuerdos, los sueños, etc. no son materiales, pero su origen es material porque sin un cerebro que los genere no existirían. De las ideas se puede tener conocimiento que puede ser evidente, como es el caso de las matemáticas, porque parte de axiomas creados por el cerebro del que se deducen los principios, leyes, reglas, teoremas y demás elementos que componen ese saber. Y también caben conjeturas, que serían proposiciones (afirmaciones) generadas dentro de las matemáticas y que están a la espera de ser demostradas o refutadas. El conocimiento no demostrable, sin embargo, se refiere a supuestas realidades no materiales ni originadas por la materia, es decir, a creaciones mentales, es decir, cerebrales, sin referente real, como son prácticamente todos los contenidos de las distintas religiones que hacen referencia a mitos, libros sagrados, o a seres y mundos inmateriales, como son los dioses, ángeles, demonios, titanes, cielos, infiernos, etc. Es al conocimiento de esas irrealidades al que se denomina fe.

La fe en la que dicen basarse los conocimientos no demostrables, pretendiendo que reflejen alguna realidad verdadera es la sacralización de la ignorancia. Convertirla en conocimiento de lo real es equiparar la nada con el ser, es convertir el agua en vino sin que haya agua previa. Quienes nos precedieron en la prehistoria no tenían fe, tenían desconocimiento de su ignorancia. Como decía Bertrand Russell: «No hablamos de la fe de que dos y dos son cuatro o de que la tierra es redonda. Solo hablamos de la fe cuando queremos sustituir la evidencia por la emoción» Nadie tiene fe en el sentido que se le da al término referido al conocimiento, lo que se tiene es ignorancia consentida. Además, la supuesta virtud teologal de la teología cristiana es un insulto a la inteligencia. Que un dios infinitamente bueno reparta las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad (amor) según le venga en gana, concediéndoles a unas personas lo que no concede a otras, y dándoles de esa manera una ventaja, supondría un nivel de discriminación digno más de los sistemas capitalistas que de un supuesto ser perfecto. Bien es cierto que ni dios existe ni, por tanto, reparte virtudes, así que lo único que queda es desenmascarar el engaño en el que viven millones de personas y del que viven quienes constituyen los cimientos de todas las religiones, es decir, sus castas sacerdotales.

La fe es la panacea del espíritu, el sustitutivo de las psicoterapias y del estudio y la investigación. Es la garantía del más allá, ganada, eso sí, a costa de vender la razón, aquello que nos hace verdaderamente humanos, a quienes dicen poseer el monopolio de la verdad, aunque solo sea el monopolio de la nada. La fe sustenta todas las falsedades referidas a la realidad, todas las teorías negadoras de la ciencia. La fe es el chantaje que ofrece seguridad ante el temor a morir, porque, como recogen los textos cristianos, sin fe no es posible salvarse.

En los libros de historia de la filosofía, se sigue estudiando la relación entre la fe y la razón, problema que introdujo el cristianismo, allá por los siglos II-IV (con Justino y Tertuliano, entre otros) cuando comprendió que la fe no era suficiente para mantener el rebaño unido, sobre todo aquel que necesitaba entender más que creer y que se iba inclinando por doctrinas que, como la de Hipatia de Alejandría, procuraban buscar explicaciones racionales a la realidad. Entonces, como a lo largo de toda la Edad Media, los defensores de la fe no fueron muy condescendientes con quienes apostaban por la razón, y olvidándose de la racionalidad, y de la moralidad del amor, acabaron con la vida de Hipatia, Giordano Bruno y muchas personas más. Hoy, superando todo vestigio de racionalidad, ese invento de la fe como alternativa, y además verdadera, a larazón, sigue vigente por obra y gracia de quienes quieren ignorar los avances científicos y mantenerse, como ocurre con las sectas negacionistas, en la Edad Media, no tanto por una cuestión de fe sino de poder. Pero es una disyuntiva falsa, como el propio contenido que se pretendía y se pretende colar como verdadero. No se puede convertir en racional lo irracional porque no es posible razonar sobre lo inexistente. Solo cabe denunciar su falsedad.

Crítica a la custodia compartida



 Al leer la legislación del País Vasco acerca de la custodia compartida sorprende comprobar que, a pesar de recoger como condicionante el interés de los y las menores, olvida en prácticamente todo el articulado ese interés. Cabe suponer que también las personas redactoras de las leyes tienen experiencias de separaciones, pero es evidente que en la elaboración y aprobación de dichas leyes se ha impuesto, no el interés de los y las menores sino el de los progenitores, especialmente el de los hombres.

Al margen de que cualquier persona, sin necesidad de estudios sociológicos previos, puede constatar en quiénes recaen, en la mayoría de los casos, las tareas que requieren los cuidados de las y los menores, esto es, en las mujeres, hay otro elemento que, sin embargo, debería tener mayor trascendencia a la hora de decidir sobre la guarda y custodia, y es la opinión de las y los menores con “suficiente juicio”, como recoge la ley en uno de sus puntos. En cambio, parece que se ha extendido como regla general la práctica jurídica de otorgar la custodia compartida, obviando, en muchos casos, tanto el interés de las y los menores, como su opinión y sus preferencias.

El resultado de este desaguisado legal será, en muchos casos, niñas y niños con problemas sicológicos derivados de la obligatoriedad de convivir por igual con el padre y con la madre a pesar de sus preferencias manifestadas sin presiones ante el juez o la jueza que debe decidir. Al actuar así, las y los menores son tratados como objetos a repartir entre otros objetos (viviendas, dinero, enseres, recuerdos, regalos…) en vez de como sujetos, lo que dice poco acerca de lo acertado de estas leyes desde un punto de vista moral.

Las preferencias de las y los menores deberían ser, por tanto, el criterio principal para decidir a quién otorgar la custodia, que es perfectamente compatible con compartir tiempos de relación con el o la progenitora que no la posee. Pero la sensación interna de seguridad que ofrece saber cuál es tu hogar, sin tener que vagar de un domicilio a otro es algo de lo que puede das fe cualquier persona, incluidas, cómo no, quienes deben juzgar ese tipo de situaciones, seguridad imprescindible para que los y las menores tengan un desarrollo más humano que el que les obliga al cálculo de los días que faltan para poder estar con quien más desean estar.

Monumental esperpento

 


Hay opiniones y actuaciones políticas que no necesitan muchas explicaciones porque concuerdan con lo que cabe esperar conociendo la ideología de sus protagonistas. Hay otras, sin embargo, que son difíciles de entender precisamente porque no las esperamos por falta de acuerdo con lo que correspondería a su ideología y a su historia. Es lo que está ocurriendo con el monumento franquista de Iruña /Pamplona, en cuyo frontispicio se podía leer desde que se construyó y hasta hace pocos años: “Navarra a sus muertos en la Cruzada”, aclarando que esos muertos a los que se homenajeaba solo eran los de su bando fascista.

Sin recurrir al pasado histórico ni traer al presente lo que los partidos políticos han ido manifestando acerca de la existencia del Monumento a los Caídos erigido por el franquismo para honrar a sus muertos en el conflicto armado tras su golpe de estado, lo que mi experiencia me revela es que dentro del mundo situado en lo que se denomina la izquierda (término cuya atribución a determinadas fuerzas políticas es más que discutible) nadie ponía en cuestión su demolición si llegaba el caso de que esa izquierda tuviera mayoría suficiente para decidir su destino. Además, quienes habían sufrido cárcel o muerte de personas queridas a manos del fascismo, como es el caso de Josefina Lamberto, hermana de Maravillas, la adolescente de Larraga a la que los franquistas violaron y posteriormente mataron junto con su padre, también han manifestado en repetidas ocasiones su deseo de que ese monumento fuera derruido.

Pero, hete aquí que el nacionalismo vasco representado por Geroa Bai y EHBildu han hecho causa común con el PSE para que el monumento no sea derruido sino resignificado, tal como en 2018 pedía el partido de derechas UPN, que vendría a ser algo así como llamar al pan vino y al vino pan, es decir, tapar por aquí, acortar por allá y cambiarle de nombre. Y así, tatachán, el agua se convierte en vino y el monumento franquista pasa a ser monumento a la denuncia del fascismo, es decir, que sería un monumento que se denuncia a sí mismo. El esperpento, difícilmente superable, solo puede tener alguna explicación en el análisis sociológico de cara a las elecciones que hacen los partidos promotores de este sinsentido. Como va ocurriendo cada vez con más asiduidad, se trataría de que los temores al lobo de la izquierda y del nacionalismo que avientan las derechas entre la ciudadanía se disipe, mostrando un perfil aterciopelado, aunque el resultado a corto plazo sea hacerlos indistinguibles unos de otros.

Quizás esos partidos, y quienes apoyan esa decisión “resignificadora”, hayan mirado fuera de nuestras fronteras para observar qué es lo que han hecho otros países con situaciones similares. Y, claro, han encontrado que varios países que sufrieron la lacra del nazismo y de sus campos de exterminio han decidido mantenerlos como recuerdo de lo que allí sucedió para evitar el olvido y, de paso, su repetición. Si ese ha sido el paradigma en el que basar su empeño en el mantenimiento de ese monumento, solo cabe decir que su ignorancia supera con mucho su supuesta buena fe. En efecto, no es lo mismo mantener los lugares donde fueron masacradas millones de personas que mantener los lugares que glorificaban a los fascistas. Si quienes son responsables de esos partidos y sus militantes no son capaces de comprender esa elemental diferencia que en absoluto desaparece por cambiar el nombre al edificio, insultando de paso a Maravillas, a su hermana Fermina y a muchas republicanas que guardamos en la retina todo lo que esa miserable construcción ha representado y representa, quizás logren que su imagen mejore entre las herederas de aquellos fascistas, pero muchas personas de izquierdas y republicanas ni lo olvidaremos, ni se lo perdonaremos.

lunes, 6 de enero de 2025

¿Voluntad?

 


Hay ideas que se resisten a abandonar el espacio y el tiempo intelectual en el que habitan; otras, sin embargo, tienen una existencia limitada tanto en uno como en otro. Entre las primeras, sin lugar a dudas, las de ‘dios’ y ‘alma’ han sido de las más persistentes, y no porque reflejen una mayor realidad que otras, sino porque en ellas se fundamenta el poder, la dominación de unos seres humanos sobre otros.

Cada idea, sin embargo, tiene asociadas otras muchas cuya existencia va unida a la existencia de aquella. Es el caso del alma y de las ideas que históricamente se han asociado a la misma bajo el nombre de ‘facultades’ o ‘potencias’ como son: el entendimiento, la sensibilidad y, la más importante, como veremos, la voluntad. El uso del concepto de ‘facultad’ para referirse a estas últimas, sin embargo, ha ido desapareciendo con el paso del tiempo y el desarrollo de la psicología como ciencia empírica, lo que, a su vez, ponía en cuestión la existencia del alma que quedaba prácticamente sin funciones.

Para lograr la pervivencia del alma, ha habido un intento muy extendido por transformarla en algo menos religioso, más de acuerdo con los tiempos -como acostumbran a hacer quienes se resisten a perder espacios de influencia y poder-, incluso con la intención de acercarla al ámbito científico, pasándose a llamarla ‘mente’. Sin embargo, el cambio de nombre no ha supuesto la modificación de gran parte de su significado, cumpliéndose aquello que Horacio afirmó: “mutato nomine de te fabula narratur”. Así, lo que antes se denominaban ‘facultades’ del alma, como es el caso de la ‘voluntad’ y del ‘entendimiento’, tal y como los ensalzados filósofos de la antigüedad, Platón y Aristóteles, afirmaron, y toda la teología cristiana (porque decir ‘filosofía cristiana’ es un contrasentido) sostuvo y sostiene, ahora lo serían de la mente. En este proceso de maquillaje, los defensores del alma/mente se han visto obligados a hacer algunas concesiones de escasa importancia para ellos, como ha sido ceder al cerebro funciones como la memoria, la sensibilidad e incluso el propio entendimiento (ahora ‘inteligencia’), pero, sin embargo, han reservado para el alma/mente lo que consideran primordial a la hora de mantener su estatus: la voluntad. Esta es clave porque a ella va unida la idea de libertad, y a esta la de ética y política.

Toda la vida social y política descansa sobre la existencia de la voluntad que, además, se nos presenta como independiente de cualquier condicionamiento externo, y libre, de tal forma que, sean cuales sean las circunstancias, las respuestas que demos serán responsabilidad nuestra y solamente nuestra. El derecho penal no existiría como lo conocemos sin esa concepción de la voluntad. El trinomio voluntad-libertad-responsabilidad es la garantía última de todos los sistemas de dominación. Elegir vivir en vez de morir cuando el enemigo había vencido convertía a cualquier persona en su esclava, elegir trabajar en condiciones inhumanas en vez de morir convirtió a muchas personas en lumpenproletariado en los inicios de la industrialización; elegir trabajar por un salario de miseria en vez de malvivir las convierte, hoy en día, en objetos de usar y tirar, en habitantes de los márgenes, en marginadas.

Sin embargo, nada hace pensar que la voluntad tenga que tener un origen distinto al resto de capacidades humanas, todas ellas radicadas en lo que llamamos ‘cuerpo’, aunque no sean corpóreas. Capacidades que, dicho sea de paso, dependen de la constitución que tenga ese cuerpo y de las experiencias que vaya acumulando. Dichas capacidades solo se descubren en la práctica, es decir, cuando se da el encuentro de la sensibilidad con aquello que es estímulo para ella. No sabemos qué es ‘ver’ hasta que aparece la luz, no sabemos qué es oír hasta que aparecen los sonidos.

Del mismo modo, lo que entendemos por voluntad, no es algo innato que exista al margen de toda experiencia; por el contrario, es la experiencia la que va forjando la voluntad, de tal forma que nacer en una familia pobre con unas progenitoras que transmiten desprecio y abandono, condicionará el desarrollo de la voluntad de su descendencia. No se es libre para elegir nada de lo que hace que la voluntad se desarrolle. No elegimos la voluntad que tenemos. Por eso, el liberalismo, viejo y nuevo, miente cuando utiliza la libertad para justificar las desigualdades, y culpabilizar a la persona de su situación en el mundo. Y miente porque su doctrina cumple la doble función de garantizar la situación privilegiada de sus defensores, y de tranquilizar sus conciencias.

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Tener y ser: la vida

Parafraseando el título de una de las últimas obras de E. Fromm, me propongo analizar la relación que, explícita o implícitamente, se ha ido estableciendo entre la persona y la vida, relación que se refleja en el lenguaje.
Centrándome en el castellano, tenemos múltiples expresiones que manifiestan una relación de posesión de la vida por parte de la persona; así, por ejemplo, decimos "le ha quitado la vida", "le debe la vida", "dio su vida por...", "se jugó la vida", etc. En todos los ejemplos citados, y en otros muchos, la vida es algo que se tiene y que se puede dar y quitar, por tanto. Sin embargo, la realidad dista mucho de ser así, salvo que creamos en un ser, llamémosle dios o como se quiera, causante de la vida, pero, en este caso, entramos en el mundo de la irracionalidad. Efectivamente, no existe un previo de persona a la que en un momento dado se le otorga o presta -según distintas versiones- la vida, como tampoco existe un posterior de persona, una vez que la vida ha terminado por las razones que sean. El óvulo y el espermatozoide SON seres vivos, y su unión, en el caso de los humanos, es la que posibilita que nazca un ser vivo al que llamamos persona. SOMOS, pues, seres vivos, no algo o alguien que tiene vida. 
Esta evidencia ha estado y está enmascarada por una visión de la vida como algo que no nos pertenece, y las consecuencias de esta creencia -que carece de todo fundamento racional- tienen un gran alcance, pues impregna muchos ámbitos de la vida social, desde la moral a la legalidad, pasando por las costumbres y el arte. 

jueves, 5 de diciembre de 2024

Izquierda y derecha, ¿extremas?


En la manipulación del lenguaje, a la que nos tiene acostumbradas el poder económico-político, el término “extremo-a” ocupa un lugar preeminente. En efecto, lo ha utilizado y utiliza con tal profusión que ya forma parte del discurso común, el que se ha situado por encima de las ideologías, porque la que debiera ser negadora de ese poder también lo ha incorporado, sin crítica, a su vocabulario.
Con él se catalogan las tendencias políticas que a dicho poder (capitalismo liberal) le resultan, cuando menos, incómodas. Por eso, es fácil leer y oír mensajes donde se hace referencia a la “extrema izquierda” o a la “extrema derecha”, quedando implícito el hecho de que, como señala la RAE en una de sus acepciones, son propuestas “excesivas” y “exageradas”. Y, como todo lo que es excesivo o exagerado es negativo, catalogar a determinadas formaciones políticas de “extremas” equivale a valorarlas negativamente. De este modo, se consigue que el contenido de lo que sea su ideario político quede de antemano, y para la mayoría de la ciudadanía, desvirtuado, si no totalmente oculto.
Por otra parte, la equidistancia y neutralidad que se pretende manifestar al igualar a determinada derecha y a determinada izquierda con el adjetivo de “extremas” es pura falacia. En efecto, la llamada “extrema derecha” se define, por lo menos en Europa, como nacionalista, xenófoba, racista y mayoritariamente violenta, mientras que en la “extrema izquierda” se incluye a anticapitalistas, anarquistas, comunistas, y a algunos grupos socialistas y/o nacionalistas al margen de que sean o no violentos. La simple comparación nos descubre que, para el sistema, la xenofobia y el racismo están al mismo nivel de negatividad que la búsqueda de la igualdad económica y política o la defensa de los derechos para todas las personas sin distinción. También pone en evidencia que el abanico de opciones ideológicas englobadas dentro de la “extrema derecha” es muy inferior al de la “extrema izquierda”. Pero, y sobre todo, coloca dentro de la “normalidad” a los grupos políticos no englobados en ninguno de esos extremos, y ya se sabe que lo normal es bueno si se compara con lo excesivo.
Si “extremo” es sinónimo de “excesivo”, habrá que concluir que quien favorece la acumulación de riqueza con su correspondiente generación de pobreza, la expulsión de inmigrantes o su abandono al huir de la guerra o del hambre, los desahucios que dejan a personas sin hogar, la carestía de los bienes básicos para una vida digna, etc, debería ser considerado extremista con más razón que la que se utiliza para denominar de ese modo a quienes se oponen a esos “excesos”.

viernes, 12 de abril de 2024

Nongoa zara?

 



 Jaiotzen garenetik hil arte, omen, gure izatea etengabe zehazten/mugatzen dute. Askoz zabalagoa litzateke gure izatea “abizenik” gabe, hots, zehaztapenik gabe. Ez dakit instintuen eraginagatik den edo gizarteak artifizialki sortutakoa, baina garbi dagoena da gure joera hori dela, hau da, zehazterako joera. Eta zehaztasun bakoitzak bereizketa eta, batera, taldeak sortzen ditu. Zehaztasun hori dutenek talde bat sortuko dute eta zehaztasun horren barruan sartzen ez direnak kanpoan geratzen dira, beste taldekoak izatera pasatuz. 

Izenburuan agertzen den galdera zehaztasun mota bat litzateke, itxuraz sinple, arrunta, gardena, ideologiarik gabekoa, edonork erabiltzen duena eta bigarren esanahirik gabekoa dirudiena…

Ba, ez! Zehazteko galdera gehienak bezala, maltzurra, hautatzailea, sailkatzailea, ideologia baztertzaileak sortutakoa da.

Litekeena al da zauden tokikoa ez izatea? Ez. Izatea bakarrik orainaldian izan daiteke; beraz, galdera horrek ez du zentzurik, zeren eta erantzun posible bakarra da “hemengoa naiz”. Ez iraganean ezta etorkizunean ere ez gara, eta ondorioz, galdera hori egitean ezagutu nahi duguna jakingo genuke aldez aurretik eta erretorikoa izango litzateke, informazioa lortzerik emango ez duena.

Beraz, zer da galdera horrek izkutatzen duena edo, hobe esanda, zergatik egiten dugu galdera hori?

-“Garbi dago, mutil, honekin jakin nahi dena da non jaio den pertsona bat, besterik gabe” -esango didate gehienek-.

Baina ez da besterik gabe, zoritxarrez: jaio garen lekuak/herriak gure izatea eratzen duelako ustea barneratuta dugu, kontziente edo inkontzienteki, hau da, uste dugu jaioterria baino askoz gehiago jakitea lortuko dugula galdera hori egitean. Eta oker galanta hori aurreiritziak sortua da, beste aurreiritzi askoren iturria delarik. Izan ere, norbait ezagutu ezean bere jaioterria ezagutzeak nor (eta nolakoa) izan daitekeen baieztatzera garamatza.

Horregatik, hain zuzen, askotan modu ezberdinez erantzuten zaio galdera horri, segun nor den galdetzen duena. Aurreiritziak “hurbil” kokatzen badu galdera egiten duena, jaioterria edo hiria aipatzen da; urrutiago kokatzen badu, eskualde; urrutiago bada, autonomia; eta urrutiago bada, askenik, estatua. Eta botere jokoan sartzen gara maiz, zeren eta segun zein den galdetzen duenaren maila soziala jaiolekua edo bizilekua aipatzen da, ezberdinak badira noski, edo biak, baina lehentasuna haietariko bati emanez. Horrela, “Madrilen bizi naiz, baina jaiotzez Mañerukoa naiz” esatetik, “Madrilekoa naiz” esatera pasa daiteke, uste baita jaioterriak eragina daukala besteekiko erlazioetan.

Eta, ziur aski, egia da jaioterriak baldintzatzen duela aurrean dugun lagunaren mailaketa. Zoritxarrez, jaioterriari ematen zaion garrantzia errealitatean gertatzen denarekin lotuta dago. Hain zuzen ere, hiri handietan jaiotzeak edo bizitzeak bertan bizi diren lagunei nolabaiteko handikeria ematen die, dituzten gaitasunak hirien tamainarekin konfundituz.

Aurrekoa, baina, ez da lengoaiaren tranpa bakarra. Hasieran esan bezala, jaiotzen garenetik gure izateari zehaztasunak (mugak) jartzen zaizkio eta muga bakoitza indibidualtasuna azpimarratzeko egina dago, besteengandik bereizteko eta banatzeko alegia. Gramatikan, izenondoak deitzen dira muga horiek. Benetan, izenondo mota batek bakarrik balio beharko luke pertsonak zuzentasunez bereizteko: izenondo moralak, alegia. Beste gainerakoak bereizteko baino banatzeko eginak daude. Hasten da izenarekin, zeinak gizon edo emakumea garela adierazten duen; geroago, kasu gehienetan, batailatuta gara beste erlijioetatik bereizteko; hurrengoa, erregistro zibilean inskribatzen gaituzte eta horrela hiritartasunaren parte bihurtzen gara, hots, “hemengoak” izatera pasatzen gara kanpotarretatik bereizteko. Eta hori guztia guk kontzienteki parte hartu gabe, besteek gure ordez egiten baitute.

Lengoaiak errealitatea adierazteaz gain aurreiritziak ere agerian uzten ditu. Idatzi honen hasierako galderaren bidez aurrean dugun laguna kokatzen dugu berari buruz ezer gehiago jakin gabe. Aipatzen duen tokiak (“nongoa zara” galderari erantzuten diona) gutarra den edo ez adierazten du eta, ez hori bakarrik, segun eta zein den toki hori barneratuta ditugun tokien hierarkian sailkatzen dugu. Izan ere, tokiaren bidez lehen mundukoa den edo ez, zer nolako kultura daukan, herrikoa edo hiritarra den, eta abar... Eta horren arabera gure jarrera egokituko da, modu berdinean edo ezberdinean tratatuko dugularik.

Zaila da, ditugun ohiturak kontuan izanda, aurreiritzirik gabeko ezagutza izatea giza erlazioetan, eta erronka ederra dugu gure aurrean hori lortzeko. Horregatik oso inportantea da lengoaiaren mekanismoek nola funtzionatzen duten jakitea bere tranpetan ez erortzeko. Erronka horrek gure ahalegina merezi duelakoan nago.