viernes, 1 de mayo de 2026

Monumental esperpento

 


Hay opiniones y actuaciones políticas que no necesitan muchas explicaciones porque concuerdan con lo que cabe esperar conociendo la ideología de sus protagonistas. Hay otras, sin embargo, que son difíciles de entender precisamente porque no las esperamos por falta de acuerdo con lo que correspondería a su ideología y a su historia. Es lo que está ocurriendo con el monumento franquista de Iruña /Pamplona, en cuyo frontispicio se podía leer desde que se construyó y hasta hace pocos años: “Navarra a sus muertos en la Cruzada”, aclarando que esos muertos a los que se homenajeaba solo eran los de su bando fascista.

Sin recurrir al pasado histórico ni traer al presente lo que los partidos políticos han ido manifestando acerca de la existencia del Monumento a los Caídos erigido por el franquismo para honrar a sus muertos en el conflicto armado tras su golpe de estado, lo que mi experiencia me revela es que dentro del mundo situado en lo que se denomina la izquierda (término cuya atribución a determinadas fuerzas políticas es más que discutible) nadie ponía en cuestión su demolición si llegaba el caso de que esa izquierda tuviera mayoría suficiente para decidir su destino. Además, quienes habían sufrido cárcel o muerte de personas queridas a manos del fascismo, como es el caso de Josefina Lamberto, hermana de Maravillas, la adolescente de Larraga a la que los franquistas violaron y posteriormente mataron junto con su padre, también han manifestado en repetidas ocasiones su deseo de que ese monumento fuera derruido.

Pero, hete aquí que el nacionalismo vasco representado por Geroa Bai y EHBildu han hecho causa común con el PSE para que el monumento no sea derruido sino resignificado, tal como en 2018 pedía el partido de derechas UPN, que vendría a ser algo así como llamar al pan vino y al vino pan, es decir, tapar por aquí, acortar por allá y cambiarle de nombre. Y así, tatachán, el agua se convierte en vino y el monumento franquista pasa a ser monumento a la denuncia del fascismo, es decir, que sería un monumento que se denuncia a sí mismo. El esperpento, difícilmente superable, solo puede tener alguna explicación en el análisis sociológico de cara a las elecciones que hacen los partidos promotores de este sinsentido. Como va ocurriendo cada vez con más asiduidad, se trataría de que los temores al lobo de la izquierda y del nacionalismo que avientan las derechas entre la ciudadanía se disipe, mostrando un perfil aterciopelado, aunque el resultado a corto plazo sea hacerlos indistinguibles unos de otros.

Quizás esos partidos, y quienes apoyan esa decisión “resignificadora”, hayan mirado fuera de nuestras fronteras para observar qué es lo que han hecho otros países con situaciones similares. Y, claro, han encontrado que varios países que sufrieron la lacra del nazismo y de sus campos de exterminio han decidido mantenerlos como recuerdo de lo que allí sucedió para evitar el olvido y, de paso, su repetición. Si ese ha sido el paradigma en el que basar su empeño en el mantenimiento de ese monumento, solo cabe decir que su ignorancia supera con mucho su supuesta buena fe. En efecto, no es lo mismo mantener los lugares donde fueron masacradas millones de personas que mantener los lugares que glorificaban a los fascistas. Si quienes son responsables de esos partidos y sus militantes no son capaces de comprender esa elemental diferencia que en absoluto desaparece por cambiar el nombre al edificio, insultando de paso a Maravillas, a su hermana Fermina y a muchas republicanas que guardamos en la retina todo lo que esa miserable construcción ha representado y representa, quizás logren que su imagen mejore entre las herederas de aquellos fascistas, pero muchas personas de izquierdas y republicanas ni lo olvidaremos, ni se lo perdonaremos.

lunes, 6 de enero de 2025

¿Voluntad?

 


Hay ideas que se resisten a abandonar el espacio y el tiempo intelectual en el que habitan; otras, sin embargo, tienen una existencia limitada tanto en uno como en otro. Entre las primeras, sin lugar a dudas, las de ‘dios’ y ‘alma’ han sido de las más persistentes, y no porque reflejen una mayor realidad que otras, sino porque en ellas se fundamenta el poder, la dominación de unos seres humanos sobre otros.

Cada idea, sin embargo, tiene asociadas otras muchas cuya existencia va unida a la existencia de aquella. Es el caso del alma y de las ideas que históricamente se han asociado a la misma bajo el nombre de ‘facultades’ o ‘potencias’ como son: el entendimiento, la sensibilidad y, la más importante, como veremos, la voluntad. El uso del concepto de ‘facultad’ para referirse a estas últimas, sin embargo, ha ido desapareciendo con el paso del tiempo y el desarrollo de la psicología como ciencia empírica, lo que, a su vez, ponía en cuestión la existencia del alma que quedaba prácticamente sin funciones.

Para lograr la pervivencia del alma, ha habido un intento muy extendido por transformarla en algo menos religioso, más de acuerdo con los tiempos -como acostumbran a hacer quienes se resisten a perder espacios de influencia y poder-, incluso con la intención de acercarla al ámbito científico, pasándose a llamarla ‘mente’. Sin embargo, el cambio de nombre no ha supuesto la modificación de gran parte de su significado, cumpliéndose aquello que Horacio afirmó: “mutato nomine de te fabula narratur”. Así, lo que antes se denominaban ‘facultades’ del alma, como es el caso de la ‘voluntad’ y del ‘entendimiento’, tal y como los ensalzados filósofos de la antigüedad, Platón y Aristóteles, afirmaron, y toda la teología cristiana (porque decir ‘filosofía cristiana’ es un contrasentido) sostuvo y sostiene, ahora lo serían de la mente. En este proceso de maquillaje, los defensores del alma/mente se han visto obligados a hacer algunas concesiones de escasa importancia para ellos, como ha sido ceder al cerebro funciones como la memoria, la sensibilidad e incluso el propio entendimiento (ahora ‘inteligencia’), pero, sin embargo, han reservado para el alma/mente lo que consideran primordial a la hora de mantener su estatus: la voluntad. Esta es clave porque a ella va unida la idea de libertad, y a esta la de ética y política.

Toda la vida social y política descansa sobre la existencia de la voluntad que, además, se nos presenta como independiente de cualquier condicionamiento externo, y libre, de tal forma que, sean cuales sean las circunstancias, las respuestas que demos serán responsabilidad nuestra y solamente nuestra. El derecho penal no existiría como lo conocemos sin esa concepción de la voluntad. El trinomio voluntad-libertad-responsabilidad es la garantía última de todos los sistemas de dominación. Elegir vivir en vez de morir cuando el enemigo había vencido convertía a cualquier persona en su esclava, elegir trabajar en condiciones inhumanas en vez de morir convirtió a muchas personas en lumpenproletariado en los inicios de la industrialización; elegir trabajar por un salario de miseria en vez de malvivir las convierte, hoy en día, en objetos de usar y tirar, en habitantes de los márgenes, en marginadas.

Sin embargo, nada hace pensar que la voluntad tenga que tener un origen distinto al resto de capacidades humanas, todas ellas radicadas en lo que llamamos ‘cuerpo’, aunque no sean corpóreas. Capacidades que, dicho sea de paso, dependen de la constitución que tenga ese cuerpo y de las experiencias que vaya acumulando. Dichas capacidades solo se descubren en la práctica, es decir, cuando se da el encuentro de la sensibilidad con aquello que es estímulo para ella. No sabemos qué es ‘ver’ hasta que aparece la luz, no sabemos qué es oír hasta que aparecen los sonidos.

Del mismo modo, lo que entendemos por voluntad, no es algo innato que exista al margen de toda experiencia; por el contrario, es la experiencia la que va forjando la voluntad, de tal forma que nacer en una familia pobre con unas progenitoras que transmiten desprecio y abandono, condicionará el desarrollo de la voluntad de su descendencia. No se es libre para elegir nada de lo que hace que la voluntad se desarrolle. No elegimos la voluntad que tenemos. Por eso, el liberalismo, viejo y nuevo, miente cuando utiliza la libertad para justificar las desigualdades, y culpabilizar a la persona de su situación en el mundo. Y miente porque su doctrina cumple la doble función de garantizar la situación privilegiada de sus defensores, y de tranquilizar sus conciencias.

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Tener y ser: la vida

Parafraseando el título de una de las últimas obras de E. Fromm, me propongo analizar la relación que, explícita o implícitamente, se ha ido estableciendo entre la persona y la vida, relación que se refleja en el lenguaje.
Centrándome en el castellano, tenemos múltiples expresiones que manifiestan una relación de posesión de la vida por parte de la persona; así, por ejemplo, decimos "le ha quitado la vida", "le debe la vida", "dio su vida por...", "se jugó la vida", etc. En todos los ejemplos citados, y en otros muchos, la vida es algo que se tiene y que se puede dar y quitar, por tanto. Sin embargo, la realidad dista mucho de ser así, salvo que creamos en un ser, llamémosle dios o como se quiera, causante de la vida, pero, en este caso, entramos en el mundo de la irracionalidad. Efectivamente, no existe un previo de persona a la que en un momento dado se le otorga o presta -según distintas versiones- la vida, como tampoco existe un posterior de persona, una vez que la vida ha terminado por las razones que sean. El óvulo y el espermatozoide SON seres vivos, y su unión, en el caso de los humanos, es la que posibilita que nazca un ser vivo al que llamamos persona. SOMOS, pues, seres vivos, no algo o alguien que tiene vida. 
Esta evidencia ha estado y está enmascarada por una visión de la vida como algo que no nos pertenece, y las consecuencias de esta creencia -que carece de todo fundamento racional- tienen un gran alcance, pues impregna muchos ámbitos de la vida social, desde la moral a la legalidad, pasando por las costumbres y el arte. 

jueves, 5 de diciembre de 2024

Izquierda y derecha, ¿extremas?


En la manipulación del lenguaje, a la que nos tiene acostumbradas el poder económico-político, el término “extremo-a” ocupa un lugar preeminente. En efecto, lo ha utilizado y utiliza con tal profusión que ya forma parte del discurso común, el que se ha situado por encima de las ideologías, porque la que debiera ser negadora de ese poder también lo ha incorporado, sin crítica, a su vocabulario.
Con él se catalogan las tendencias políticas que a dicho poder (capitalismo liberal) le resultan, cuando menos, incómodas. Por eso, es fácil leer y oír mensajes donde se hace referencia a la “extrema izquierda” o a la “extrema derecha”, quedando implícito el hecho de que, como señala la RAE en una de sus acepciones, son propuestas “excesivas” y “exageradas”. Y, como todo lo que es excesivo o exagerado es negativo, catalogar a determinadas formaciones políticas de “extremas” equivale a valorarlas negativamente. De este modo, se consigue que el contenido de lo que sea su ideario político quede de antemano, y para la mayoría de la ciudadanía, desvirtuado, si no totalmente oculto.
Por otra parte, la equidistancia y neutralidad que se pretende manifestar al igualar a determinada derecha y a determinada izquierda con el adjetivo de “extremas” es pura falacia. En efecto, la llamada “extrema derecha” se define, por lo menos en Europa, como nacionalista, xenófoba, racista y mayoritariamente violenta, mientras que en la “extrema izquierda” se incluye a anticapitalistas, anarquistas, comunistas, y a algunos grupos socialistas y/o nacionalistas al margen de que sean o no violentos. La simple comparación nos descubre que, para el sistema, la xenofobia y el racismo están al mismo nivel de negatividad que la búsqueda de la igualdad económica y política o la defensa de los derechos para todas las personas sin distinción. También pone en evidencia que el abanico de opciones ideológicas englobadas dentro de la “extrema derecha” es muy inferior al de la “extrema izquierda”. Pero, y sobre todo, coloca dentro de la “normalidad” a los grupos políticos no englobados en ninguno de esos extremos, y ya se sabe que lo normal es bueno si se compara con lo excesivo.
Si “extremo” es sinónimo de “excesivo”, habrá que concluir que quien favorece la acumulación de riqueza con su correspondiente generación de pobreza, la expulsión de inmigrantes o su abandono al huir de la guerra o del hambre, los desahucios que dejan a personas sin hogar, la carestía de los bienes básicos para una vida digna, etc, debería ser considerado extremista con más razón que la que se utiliza para denominar de ese modo a quienes se oponen a esos “excesos”.

viernes, 12 de abril de 2024

Nongoa zara?

 



 Jaiotzen garenetik hil arte, omen, gure izatea etengabe zehazten/mugatzen dute. Askoz zabalagoa litzateke gure izatea “abizenik” gabe, hots, zehaztapenik gabe. Ez dakit instintuen eraginagatik den edo gizarteak artifizialki sortutakoa, baina garbi dagoena da gure joera hori dela, hau da, zehazterako joera. Eta zehaztasun bakoitzak bereizketa eta, batera, taldeak sortzen ditu. Zehaztasun hori dutenek talde bat sortuko dute eta zehaztasun horren barruan sartzen ez direnak kanpoan geratzen dira, beste taldekoak izatera pasatuz. 

Izenburuan agertzen den galdera zehaztasun mota bat litzateke, itxuraz sinple, arrunta, gardena, ideologiarik gabekoa, edonork erabiltzen duena eta bigarren esanahirik gabekoa dirudiena…

Ba, ez! Zehazteko galdera gehienak bezala, maltzurra, hautatzailea, sailkatzailea, ideologia baztertzaileak sortutakoa da.

Litekeena al da zauden tokikoa ez izatea? Ez. Izatea bakarrik orainaldian izan daiteke; beraz, galdera horrek ez du zentzurik, zeren eta erantzun posible bakarra da “hemengoa naiz”. Ez iraganean ezta etorkizunean ere ez gara, eta ondorioz, galdera hori egitean ezagutu nahi duguna jakingo genuke aldez aurretik eta erretorikoa izango litzateke, informazioa lortzerik emango ez duena.

Beraz, zer da galdera horrek izkutatzen duena edo, hobe esanda, zergatik egiten dugu galdera hori?

-“Garbi dago, mutil, honekin jakin nahi dena da non jaio den pertsona bat, besterik gabe” -esango didate gehienek-.

Baina ez da besterik gabe, zoritxarrez: jaio garen lekuak/herriak gure izatea eratzen duelako ustea barneratuta dugu, kontziente edo inkontzienteki, hau da, uste dugu jaioterria baino askoz gehiago jakitea lortuko dugula galdera hori egitean. Eta oker galanta hori aurreiritziak sortua da, beste aurreiritzi askoren iturria delarik. Izan ere, norbait ezagutu ezean bere jaioterria ezagutzeak nor (eta nolakoa) izan daitekeen baieztatzera garamatza.

Horregatik, hain zuzen, askotan modu ezberdinez erantzuten zaio galdera horri, segun nor den galdetzen duena. Aurreiritziak “hurbil” kokatzen badu galdera egiten duena, jaioterria edo hiria aipatzen da; urrutiago kokatzen badu, eskualde; urrutiago bada, autonomia; eta urrutiago bada, askenik, estatua. Eta botere jokoan sartzen gara maiz, zeren eta segun zein den galdetzen duenaren maila soziala jaiolekua edo bizilekua aipatzen da, ezberdinak badira noski, edo biak, baina lehentasuna haietariko bati emanez. Horrela, “Madrilen bizi naiz, baina jaiotzez Mañerukoa naiz” esatetik, “Madrilekoa naiz” esatera pasa daiteke, uste baita jaioterriak eragina daukala besteekiko erlazioetan.

Eta, ziur aski, egia da jaioterriak baldintzatzen duela aurrean dugun lagunaren mailaketa. Zoritxarrez, jaioterriari ematen zaion garrantzia errealitatean gertatzen denarekin lotuta dago. Hain zuzen ere, hiri handietan jaiotzeak edo bizitzeak bertan bizi diren lagunei nolabaiteko handikeria ematen die, dituzten gaitasunak hirien tamainarekin konfundituz.

Aurrekoa, baina, ez da lengoaiaren tranpa bakarra. Hasieran esan bezala, jaiotzen garenetik gure izateari zehaztasunak (mugak) jartzen zaizkio eta muga bakoitza indibidualtasuna azpimarratzeko egina dago, besteengandik bereizteko eta banatzeko alegia. Gramatikan, izenondoak deitzen dira muga horiek. Benetan, izenondo mota batek bakarrik balio beharko luke pertsonak zuzentasunez bereizteko: izenondo moralak, alegia. Beste gainerakoak bereizteko baino banatzeko eginak daude. Hasten da izenarekin, zeinak gizon edo emakumea garela adierazten duen; geroago, kasu gehienetan, batailatuta gara beste erlijioetatik bereizteko; hurrengoa, erregistro zibilean inskribatzen gaituzte eta horrela hiritartasunaren parte bihurtzen gara, hots, “hemengoak” izatera pasatzen gara kanpotarretatik bereizteko. Eta hori guztia guk kontzienteki parte hartu gabe, besteek gure ordez egiten baitute.

Lengoaiak errealitatea adierazteaz gain aurreiritziak ere agerian uzten ditu. Idatzi honen hasierako galderaren bidez aurrean dugun laguna kokatzen dugu berari buruz ezer gehiago jakin gabe. Aipatzen duen tokiak (“nongoa zara” galderari erantzuten diona) gutarra den edo ez adierazten du eta, ez hori bakarrik, segun eta zein den toki hori barneratuta ditugun tokien hierarkian sailkatzen dugu. Izan ere, tokiaren bidez lehen mundukoa den edo ez, zer nolako kultura daukan, herrikoa edo hiritarra den, eta abar... Eta horren arabera gure jarrera egokituko da, modu berdinean edo ezberdinean tratatuko dugularik.

Zaila da, ditugun ohiturak kontuan izanda, aurreiritzirik gabeko ezagutza izatea giza erlazioetan, eta erronka ederra dugu gure aurrean hori lortzeko. Horregatik oso inportantea da lengoaiaren mekanismoek nola funtzionatzen duten jakitea bere tranpetan ez erortzeko. Erronka horrek gure ahalegina merezi duelakoan nago.


La mentira de la objeción de conciencia

 



Estos son los párrafos sobre objeción de conciencia extraídos de las distintas leyes en las que se legisla sobre ella.

“La ley fijará las obligaciones militares de los españoles y regulará, con las debidas garantías, la objeción de conciencia, así como las demás causas de exención del servicio militar obligatorio, pudiendo imponer, en su caso, una prestación social sustitutoria” (Art. 30. 2 de la Constitución).

“Los españoles sujetos a obligaciones militares que, por motivos de conciencia en razón de una convicción de orden religioso, ético, moral, humanitario, filosófico u otros de la misma naturaleza, sean reconocidos como objetores de conciencia quedarán exentos del servicio militar, debiendo realizar en su lugar una prestación social sustitutoria”. (Art. 1.2 de la Ley de Objeción de Conciencia del año 1998 que modifica la del año 1984).

“Las personas profesionales sanitarias directamente implicadas en la práctica de la interrupción voluntaria del embarazo podrán ejercer la objeción de conciencia, sin que el ejercicio de este derecho individual pueda menoscabar el derecho humano a la vida, la salud y la libertad de las mujeres que decidan interrumpir su embarazo”. (Art. 19 bis. 1 de la “Ley de interrupción voluntaria del embarazo”).

“La prestación de ayuda para morir estará incluida en la cartera común de servicios del Sistema Nacional de Salud y será de financiación pública. (Art. 13.1 de la LORE)”. (La Cartera contiene los servicios necesarios para llevar a cabo una atención sanitaria adecuada, integral y continuada a todos los usuarios del Sistema Nacional de Salud).

“Los profesionales sanitarios directamente implicados en la prestación de ayuda para morir podrán ejercer su derecho a la objeción de conciencia”. (Art. 16.1 de la LORE).

¿Qué tienen en común las objeciones de conciencia recogidas en las distintas leyes?

·         El Tribunal Europeo de los Derechos humanos (TEDH) no reconoce la objeción de conciencia como un derecho fundamental y deja en manos de los estados su regulación. Rechazó el recurso de dos enfermeras suecas que pretendían objetar a la realización de abortos. Ni Suecia ni Lituania ni Finlandia permiten la objeción de conciencia para atender abortos.

·         En la Constitución Española no se reconoce expresamente el derecho fundamental a la objeción de conciencia.

·         Todas emanan de la Constitución, que regula la objeción de conciencia para el caso del servicio militar obligatorio, algo que hoy en día ya ha desaparecido.

·         Las objeciones al aborto y a la eutanasia están recogidas en las propias leyes reguladoras de ambos derechos.

·         En todos los casos se reconoce como un derecho individual, es decir, que no cabe la objeción institucional.

·         Salvo error u omisión, solo están reconocidas las objeciones de conciencia citadas. Cualquier otra que se quiera plantear deberá ser incluida en la ley correspondiente.

 

¿En qué se diferencian esas leyes? Dos diferencias fundamentales:

·         La objeción de conciencia al servicio militar lo era a una obligación que afectaba a todas las personas varones salvo las excepciones por razones de determinadas limitaciones físicas, enfermedades o carencias. Ninguna de las otras objeciones responde a obligaciones previas al ejercicio de la actividad profesional.

·         La objeción de conciencia al servicio militar obligatorio establecía la obligatoriedad de realizar una prestación social sustitutoria mientras que en las otras dos no existe la exigencia de ninguna labor sustitutoria para quienes la ejercen.

 

REFLEXIONES

 

Las normas que regulan la vida en sociedad deben ser fruto del diálogo entre las distintas visiones que la componen, pero aceptar el diálogo no debe equivaler a aceptar como igualmente válidas todas las opciones, sino estar dispuestas a aceptar que hay propuestas mejor razonadas que otras. Y como no puede haber diálogo sobre dogmas, es exigible que quienes los defienden no participen del diálogo que guarda relación con dichos dogmas, porque el diálogo sobre los temas humanos pertenece a los humanos y no cabe que en él intervengan las divinidades o entidades no humanas, cos que exigen los dogmas religiosos. Así que, en lo referente a la ayuda para morir o el aborto, solo cabe el diálogo entre quienes nos regimos por las normas que emanan de la sociedad, no de las religiones. Eso significa que las creencias deben de tener un ámbito propio en el que las normas afecten a quienes forman parte de esas religiones, pero nunca, ni en ningún lugar, las normas civiles deben basarse en los dogmas de obligado cumplimiento que niegan e impiden el diálogo.

La conclusión de esto es que las normas sociales pueden entrar en contradicción con los dogmas religiosos, como ocurre en los casos de los que tratamos, lo que, en última instancia, fundamenta falazmente gran parte de las objeciones de conciencia que se plantean bajo el pseudo argumento de que la conciencia individual está por encima de los derechos de la ciudadanía. Esa contradicción se resuelve eligiendo otras opciones laborales que no estén sujetas a las obligaciones que imponen las leyes a quienes trabajan en la administración pública.

Tanto el aborto como la eutanasia están incluidos dentro de la cartera común, es decir, son servicios que deben ser cubiertos por el sistema público de salud. Siendo esto así, ¿cómo es posible que se permita que quienes trabajan en dicho sistema puedan negarse a realizar esos servicios? Lo lógico sería que quienes no quieren asumirlos trabajen en centros privados donde no exista esa obligatoriedad o que se dediquen a otra actividad profesional, del mismo modo que no se entendería que quienes objetaban al servicio militar obligatorio hubieran querido desarrollar su actividad profesional en el ejército y realizar todas las actividades de la institución militar menos la de portar o utilizar armas.

Eso es lo que ocurre, por ejemplo, en la enseñanza, donde los centros religiosos, aun siendo subvencionados con dinero público, pueden exigir a sus trabajadoras la aceptación del ideario del mismo sin posibilidad de objetar.  

De lo recogido hasta ahora se extrae la conclusión de que objetar al aborto y a la eutanasia no solo sale gratis, sino que perjudica a quienes no objetan porque a las actividades propias de su trabajo tienen que añadir, sin compensación, las que recogen las nuevas leyes.

Las personas objetoras solo tienen la obligación de apuntarse en un registro que no es público, lo que, además de favorecer la objeción por conveniencia (no es posible determinar cuándo dicha objeción es realmente de conciencia o por interés) impide a las pacientes poder elegir a la persona que se va a hacer cargo de su situación sanitaria con conocimiento previo de si son o no objetores a ese derecho.

Las objeciones de conciencia reconocidas tienen que ver con aquellos derechos impulsados por la izquierda y rechazados hipócritamente por una derecha que, como en el caso del divorcio y del matrimonio del mismo sexo, una vez aprobados hace uso de los mismos. Es cuando menos sorprendente que quienes se negaron política y moralmente en su día a la objeción de conciencia al servicio militar sean ahora quienes más reclaman el derecho a la objeción.

Admitir y apoyar la objeción de conciencia significa poner al mismo nivel de credibilidad los argumentos de quienes están en contra de determinados derechos y los de quienes están a favor de los mismos, lo que deja en evidencia el escaso convencimiento de las personas responsables de elaborar las leyes que garantizan los derechos, así como la moralina que subyace en quienes diciéndose de izquierdas se empeñan en apoyar todas las objeciones de conciencia sin excepción, pues dan pábulo a las razones de quienes se van a oponer a las mismas.

¿Qué razones pueden esgrimirse para, siendo una médica o un médico, no ayudar a morir o a abortar, es decir, para negarse a respetar las leyes respondiendo a la demanda de quien la solicita cumpliendo los requisitos establecidos por dichas leyes? Las razones para rechazar la eutanasia ya fueron expuestas por las representantes políticas en el lugar donde se dirime la aceptación o el rechazo de las leyes, es decir, en el Parlamento. La instancia no son los centros religiosos o filosóficos sino los políticos, como se deduce de lo dicho hasta ahora.

Así pues, no debería caber la objeción de conciencia en aquellos servicios públicos recogidos en normas refrendadas por quienes representan a la ciudadanía porque ser médica o enfermera no es una obligación sino una elección. Este principio debe, sin embargo, tener una excepción, que sería la de aquellos casos en los que el proceso para ocupar plazas públicas relacionadas con esos servicios (aborto y ayuda para morir) haya sido previo a la aprobación de las leyes que los regulan. Eso significa que la obligatoriedad de cumplir las leyes y negar la objeción de conciencia solo es exigible a quienes inician sus estudios con posterioridad a la aprobación de dichas leyes.

Para terminar, señalar que la objeción de conciencia se ha convertido en un instrumento de presión política por parte fundamentalmente de los partidos de derecha y fascistas, que la utilizan para obstaculizar el desarrollo de las leyes que no son de su agrado, sirviéndose de objeciones institucionales encubiertas, que están prohibidas por ley (como es el caso de que ninguna profesional esté dispuesta a prestar la ayuda para morir o para abortar en algunas poblaciones o provincias), de la presión por parte de algunos colegios profesionales (como el de médicos), de las iglesias o de los equipos de los centros de salud y hospitales.

viernes, 2 de febrero de 2024

La falacia de la “calidad”

 



Siendo sincero, parecía innecesario tener que dar explicaciones de por qué las distintas propuestas de calidad, provenientes tanto de las instituciones como de otro tipo de organismos más “inocuos”, deben ser rechazadas por quienes trabajamos en la enseñanza. Pero como, sorprendentemente para mí, ha calado en algunas mentes que yo consideraba críticas –aunque, bien es cierto, que muchas de ellas ya han abandonado el barco y la euforia inicial va dejando paso al desencanto-, me siento en la obligación de hacer algunas reflexiones sobre el asunto. 

Las distintas propuestas que se plantean, tanto institucionales como no, tienen una raíz común:

“Los sistemas de calidad aparecieron en 1951. El control de calidad, uno de los elementos de la gestión de calidad, surgió, como quehacer de la industria, después de la Segunda Guerra Mundial y sus principios los codificó J.M. Juran en 1951 en su Manuscrito del control de calidad (...). Los avances realizados en este campo han estado siempre en manos de los militares pues empezaron para inspeccionar las armas durante la Segunda Guerra Mundial. En 1959, la primera norma estatal sobre el programa de calidad, el MIL Q 9858A, lo elaboró el Departamento de Defensa de EE.UU. En 1968, le siguieron las Publicaciones para Asegurar la Calidad (AQAP) elaboradas por la OTAN. Al poco tiempo, en 1970, el Ministerio de Defensa de Gran Bretaña publicó una versión británica del AQAP y, en 1972, el Organismo para la Reglamentación Británico publicó el BS 4891, la Guía para Asegurar la Calidad”.    

Esta es la historia contada por quienes se dedican a extender los sistemas de Control de Calidad. A su origen militar siguió su utilización en la industria, tanto en EE.UU. como en Japón, entre otros. Pero así como en el caso de la industria militar la finalidad fundamental, cuando estos sistemas surgieron, era el logro de una mayor precisión y la eliminación de errores, en la industria en general, incluyendo ahora también la militar, muy privatizada, los objetivos serían que “si se cumplen desde el primer momento las obligaciones –vinculadas al Plan de Gestión de Calidad para conseguir, por ejemplo el ISO 9000- no habrá ningún tipo de pérdida, los costos serán mínimos y las ganancias máximas”.

Las aportaciones a la Calidad han sido variadas a lo largo del tiempo, y ha habido algunas con criterios más “humanos” o, lo que es lo mismo, menos mercantiles, como sería el caso de K. Ishikawa y su Control Absoluto de la Calidad: revolución conceptual. En concreto, esto es parte de lo que afirma:

Cuando quien gestiona una empresa decide establecer en la misma el control de calidad, debe regular todos los procesos y los procedimientos y, posteriormente, con atrevimiento, delegar su poder en los subordinados. El principio básico de una administración acertada consiste en dar la posibilidad de que los subordinados tengan la posibilidad de aprovechar totalmente sus capacidades...Todos los que tienen que ver con la empresa tienen que sentirse cómodos y orgullosos de la misma y, a la vez, aprovechando sus capacidades, deben realizar sus potencialidades personales...Es un sistema del que participan todos los empleados, de arriba abajo y de abajo arriba, y que respeta totalmente la humanidad”

 En todo caso, aunque los medios cambien, el objetivo siempre es el mismo: el mayor rendimiento en el menor tiempo posible y con los menos gastos posibles. Por eso, la aparente “humanidad” que destila el texto arriba reflejado, y otros similares, puede resultar más dañina que cuando abiertamente expresan la verdadera intencionalidad. La razón es obvia, los subordinados se convierten, aparentemente, en gestores de la empresa, es decir, forman parte de ella y ella de sus vidas, se implican más, la sienten como suya, PERO NO ES SUYA. En esto radica el engaño, engaño que fácilmente se puede comprobar cuando llegan tiempos de crisis. Efectivamente, cuando los beneficios no son los esperados o se acumulan pérdidas viene la reducción de personal tan habitual, por desgracia, últimamente; entonces ya no se es empresa y la cruel realidad se impone. Pero hasta entonces, esas personas han dado lo mejor de sí mismas recibiendo, a cambio, el salario que tienen asignado y llevándose la dura impresión de que, como era gestor de la empresa, suya es la culpa de la crisis y debe pagar por ello. En fin, una diabólica forma de eliminar la confrontación social y de crear un ejército de personas sometidas para siempre.

La razón de todo este empeño por la calidad no es otra que la disminución del mercado, es decir del número de personas que pueden y quieren acceder a los productos que se ponen a la venta. Como existe un exceso de productos en el mercado del primer mundo, que es el que puede acceder a ellos, la competencia ya no se establece solamente en términos de cantidad sino de calidad. Ahora el consumidor, el cliente en terminología de la Calidad, ha pasado a ser el rey. De ser alguien sin criterios se ha convertido en una persona que sabe lo que quiere y que, además, sabe distinguir la calidad de lo que se le ofrece. De ahí que Alberto Galgano, en su obra Gestión de la Calidad total: alternativas señale que los cuatro deseos del cliente que hay que respetar son la calidad, el precio, el servicio y la fiabilidad. Pero la calidad es algo que se pretende imponer a todas las personas vinculadas a la empresa, para evitar lo que, en un principio, sucedía en EE.UU., donde solamente el núcleo dirigente de las empresas se hacía cargo de ella, con resultados nada alentadores. Para reflejar esto, las nuevas tendencias, que tienen su raíz en Japón, lo llamaban despectivamente la “calidad de los cuatro gatos”. El nuevo planteamiento de la calidad tiene como objetivo “lograr que todas las personas de la empresa se preocupen de la calidad y, más aún, que la calidad impregne toda la empresa, lo que significa que hay que estructurarla en torno a la misma”. Para lograrlo se proponen “procurar un cambio del modo de pensar de la gente y, para eso, es imprescindible que la dirección de la empresa asuma, también, la dirección del control de calidad de la misma”.

Lo dicho hasta ahora explica por qué toda la información acerca de la mejora de la calidad ha estado vinculada, hasta hace poco tiempo, a las empresas productoras de mercancías, sean las que fuesen. Pero, claro, vivimos en un mundo donde se intenta hacer de cualquier actividad negocio y, así, fruto de la moda por la calidad, han ido surgiendo grupos de personas que, conocedores de los entresijos de los sistemas de control calidad –o de la calidad total, como ahora les gusta que se llame- han hecho de ese conocimiento su forma de vida o, si se quiere, su negocio montando toda una red de “especialistas” que han expandido a través de charlas, y con bastante apoyo oficial, la ideología de la calidad, cantando sus virtudes y encontrando gran receptividad, tanto en el mundo empresarial -que ha visto en ello el filón de implicar a los trabajadores para conseguir más productividad o mejores ventas a cambio de nada, o de las cantidades que deben pagar a los promotores del sistema- como en las distintas administraciones, que buscaban con denuedo la forma de reducir las plantillas de trabajadores públicos sin que la población se les echara encima y que han encontrado la solución en la implicación “gratuita” y “voluntaria” de unos trabajadores dispuestos a redimirse de su apatía política y sindical a través de la visión calvinista y opusiana del “salvémonos en el trabajo”. Y así ha surgido, de una necesidad “inventada”, puramente artificial, un grupo de personas que se denominan a sí mismas “líderes”, que han establecido una red de especialistas que, con el beneplácito de las administraciones, tanto de la comunidad autónoma vasca como de la navarra, y con el apoyo de las confederaciones de empresarios, se dedican a controlar “objetivamente” la calidad del trabajo tanto en las empresas privadas como públicas.

Con lo afirmado hasta ahora se comprenderá que, al intentar implantarla en la educación, haya tenido prioridad el ámbito científico técnico –sobre todo este último- y, en concreto, las enseñanzas de Formación Profesional. Sin embargo, y a la vista de las grandes ventajas que ofrece a cambio de la poca inversión que exige, el modelo ya ha llegado al resto de los centros educativos, a la sanidad, etc. En el caso de la educación, es necesario constatar que, lo que en un principio tuvo una buena acogida, se ha ido diluyendo con el paso del tiempo y, sobre todo, con la constatación de que la mal llamada calidad sólo traía más trabajo, mientras que los beneficios eran repartidos entre muy pocas personas, algunas de ellas convertidas en profesionales del asunto.

Para aliviar esa decadencia sin freno, se intentan acelerar los procesos de consecución de Certificados de Calidad, se pretende competir con los centros de la red privada, donde esos certificados los tienen otorgados prácticamente desde su fundación, pues aquí es perfectamente aplicable el dicho de “yo me lo guiso, yo me lo como”; se quiere, en suma, privatizar la enseñanza pública, mejorar la relación beneficios-coste con la buena voluntad de las personas que en ella trabajamos, pero sin ninguna aportación económica por parte de la Administración, e implantar una jerarquía de centros en función de los logros de certificaciones, generando una competitividad entre los mismos, en vez de potenciar la solidaridad.

Además, y lo que es más grave todavía, se mantiene el empeño en cuantificar lo no cuantificable, en convertir en número a las personas, en tratarlas como objetos de trabajo, es decir, como cosas, olvidando que lo subjetivo existe y que es tan valioso en la realidad humana como lo objetivo; ignorando, en suma, que en la elaboración de mercancías el punto de partida se puede considerar como constante, a efectos de mercado, y que lo que se pretende es que, mediante una “regulación del proceso”, el producto final sea de más calidad para poder responder a las exigencias de ese mercado, hoy más “selecto”, pero se olvida, como decía, que en la educación las personas tienen una historia singular, única, un desarrollo físico, psicológico, familiar y social que no es cuantificable pero que determina el resultado final, que es, fundamentalmente, el que se tiene en cuenta al elaborar los informes que van a ser objeto de valoración y que después van a servir para juzgar, de paso, al profesorado y a su trabajo, así como al funcionamiento del centro en su conjunto.

NO A ESTA CALIDAD